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Tengo la sensación, y por tanto algo básicamente subjetivo, de que Martín Caparrós a pesar de haber sido galardonado con el premio internacional de periodismo Rey de España, con el nacional de periodismo Miguel Delibes,  con el premio Herralde de novela y el Planeta Latinoamericano, entre otros, tiene un escaso calado en el lector español. Nada extraño, el lector español, en general, es un ser escaso de encontrar y, de hacerlo, se observará que mantiene un seguidismo, casi religioso, a lo más recomendado por medios diversos sin indagar, por propia iniciativa, otras vías de conocimiento de autores literarios. La más a mano entre ellas, pero la más arriesgada, utilizar la propia capacidad de elección.

Por eso he querido hacer el comentario de esta obra. Caparrós emplea lo largo de ella la rica y popular habla porteña, tan cargada de sugerencias visuales y auditivas. No es un inconveniente sino más bien lo contrario, me hubiera costado imaginar  lo que describe Caparrós sin esos giros lingüísticos.  El elector que por este hecho tenga reticencias en leer la novela debería dejarlas de lado,  el conjunto de cada frase con palabras porteñas se entiende e interpreta sin dificultad en nuestro español.

Dicho esto, Caparrós nos pone ante los ojos una Argentina, la de la Década Infame de los años treinta,  que no puede ser una tragedia aunque el propio protagonista, Andrea Rivarola, intente sortearla escribiendo o imaginando letras para tangos. No me consta que , hasta el momento, Caparrós haya escrito otro libro cono Rivarola como protagonista pero no me sorprendería nada que lo hiciera. Ahí hay un personaje con gran potencial. La tragedia de aquella Argentina és la tragedia de Rivarola, su confianza en la gente se tambalea hasta el desplome cuando el conocimiento del argentino de entonces es más profundo. No hay atisbo alguno de comedia en esta obra. Rezuma aceptación y hartazgo de la realidad cotidiana. La tierra de la esperanza fue generosa con pocos, para el resto, como en nuestro país quedaron los actos infames, viscosos, y vergonzantes de gobernantes y moscardones negros orbitales.  La tragedia de ceder a Gran Bretaña el monopolio del comercio de la carne argentina, incluido el trasporte mundial de ella y la cesión de la explotación de los medios de transporte nacionales no se nombra en el texto pero se intuye como el sonido de un río subterráneo.  Se cedió soberanía sobre los medios de producción y transporte no para la mejora social del argentino llano sino para enriquecimiento de aquellos que no merecían el nombre de argentinos.

Unas líneas aparte merece la parición de Jorge Luis Borges a lo largo de la novela como personaje recurrente. No sé el grado de simpatía o afinidad literaria que Caparrós mantiene con Borges pero queda muy patente que  en Rivarola causa escasa impresión y, si lo hace, es negativa. No obstante, Borges se convierte, sin saberlo, en parte importante de la solución de lo que Rivarola lleva entre manos.

Aunque pueda parecer que el tronco de la trama es el futbol argentino de entonces y su incipiente profesionalización, sólo es un hecho tangencial. El núcleo  se ubica en ese argentino corriente que, como un muñeco de feria, se balancea desde la esperanza al asombro cansado.